Ex nihilo nihil fit

by Sol Rezza

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1.
El 31 de febrero, a las nueve y cuarto de la noche, todos los habitantes de la ciudad se convencieron que la muerte es ineludible. Enfocada por la atención de cada uno, esta evidencia, que por lo general lleva una vida de araña en los repliegues de nuestras circunvoluciones, tendió su tela en todas las conciencias, se derramó en los cerebros hasta impregnarlos como a una esponja. Desde ese instante, las similitudes más remotas sugerían, con tal violencia, la idea de la muerte, que bastaba hallarse ante una lata de sardinas —por ejemplo— para recordar el forro de los féretros, o fijarse en las piedras de una vereda, para descubrir su parentesco con las lápidas de los sepulcros. En medio de una enorme consternación, se comprobó que el revoque de las fachadas poseía un color y una composición idéntica a la de los huesos, y que así como resultaba imposible sumergirse en una bañadera, sin ensayar la actitud que se adoptaría en el cajón, nadie dejaba de sepultarse entre las sábanas, sin estudiar el modelado que adquirirían los repliegues de su mortaja. El corazón, sobre todo, con su ritmo isócrono y entrañable, evocaba las ideas más funerarias, como si el órgano que simboliza y alimenta la vida sólo tuviera fuerzas para irrigar sugestiones de muerte. Al sentir su tic-tac sobre la almohada, quien no llorara la vida que se le iba yendo a cada instante, escuchaba su marcha como si fuese el eco de sus pasos que se encaminaran a la tumba, o lo que es peor aun, como si oyese el latido de un aldabón que llamara a la muerte desde el fondo de sus propias entrañas. La urgencia de liberarse de esta obsesión por lo mortuorio, hizo que cada cual se refugiara —según su idiosincrasia— ya sea en el misticismo o en la lujuria. Las iglesias, los burdeles, las posadas, las sacristías se llenaron de gente. Se rezaba y se fornicaba en los tranvías, en los paseos públicos, en medio de la calle... Borracha de plegarias o de aguardiente, la multitud abusó de la vida, quiso exprimirla como si fuese un limón, pero una ráfaga de cansancio apagó, para siempre, esa llama rada de piedad y de vicio. Los excesos del libertinaje y de la devoción habían durado lo suficiente, sin embargo, como para que se demacraran los cuerpos, como para que los esqueletos adquiriesen una importancia cada día mayor. Sin necesidad de aproximar las manos a los focos eléctricos, cualquiera podía instruirse en los detalles más íntimos de su configuración, pues no sólo se usufructuaba de una mirada radiográfica, sino que la misma carne se iba haciendo cada vez más traslúcida, como si los huesos, cansados de yacer en la oscuridad, exigieran salir a tomar sol. Las mujeres más elegantes —por lo demás— implantaron la moda de arrastrar enormes colas de crespón y no contentas con pasearse en coches fúnebres de primera, se ataviaban como un difunto, para recibir sus visitas sobre su propio túmulo, rodeadas de centenares de cirios y coronas de siemprevivas. Inútilmente se organizaron romerías, kermeses, fiestas populares. Al aspirar el ambiente de la ciudad, los músicos, contratados en las localidades vecinas, tocaban los “charlestons” como si fuesen marchas fúnebres, y las parejas no podían bailar sin que sus movimientos adquiriesen una rigidez siniestra de danza macabra. Hasta los oradores especialistas en exaltar la voluptuosidad de vivir resultaron de una perfecta ineficacia, pues no solo los tópicos más experimentados adquirían, entre sus labios, una frigidez cadavérica, sino que el auditorio sólo abandonaba su indiferencia para gritarles: “¡Muera ese resucitado verborrágico! ¡A la tumba ese bachiller de cadáver!” Esta propensión hacia lo funerario, hacia lo esqueletoso, ¿podía dejar de provocar, tarde o temprano, una verdadera epidemia de suicidios? En tal sentido, por lo menos, la población demostró una inventiva y una vitalidad admirables. Hubo suicidios de todas las especies, para todos los gustos; suicidios colectivos, en serie, al por mayor. Se fundaron sociedades anónimas de suicidas y sociedades de suicidas anónimos. Se abrieron escuelas preparatorias al suicidio, facultades que otorgaban título “de perfecto suicida”. Se dieron fiestas, banquetes, bailes de máscaras para morir. La emulación hizo que todo el mundo se ingeniase en hallar un suicidio inédito, original. Una familia perfecta —una familia mejor organizada que un baúl “Innovación”— ordenó que la enterrasen viva, en un cajón donde cabían, con toda comodidad, las cuatro generaciones que la adornaban. Ochocientos suicidas, disfrazados de Lázaro, se zambulleron en el asfalto, desde el veinteavo piso de uno de los edificios más céntricos de la ciudad. Un “dandy”, después de transformar en ataúd la carrocería de su automóvil, entró en el cementerio, a ciento setenta kilómetros por hora, y al llegar ante la tumba de su querida se descerrajó cuatro tiros en la cabeza. El desaliento público era demasiado intenso, sin embargo, como para que pudiera persistir ese ímpetu de aniquilamiento y exterminio. Bien pronto nadie fue capaz de beber un vasito de estricnina, nadie pudo escarbarse las pupilas con una hoja de “gillette”. Una dejadez incalificable entorpecía las precauciones que reclaman ciertos procesos del organismo. El descuido amontonaba basuras en todas partes, transformaba cada rincón en un paraíso de cucarachas. Sin preocuparse de la dignidad que requiere cualquier cadáver, la gente se dejaba morir en las posturas más denigrantes. Ejércitos de ratas invadían las casas con aliento de tumba. El silencio y la peste se paseaban del brazo, por las calles desiertas, y ante la inercia de sus dueños —ya putrefactos— los papagayos sucumbían con el estómago vacío, con la boca llena de maldiciones y de malas palabras. Una mañana, los millares y millares de cuervos que revoloteaban sobre la ciudad —oscureciéndola en pleno día— se desbandaron ante la presencia de una escuadrilla de aeroplanos. Se trataba de una misión con fines sanitarios, cuyo rigor científico implacable se evidenció desde el primer momento. Sin aproximarse demasiado, para evitar cualquier peligro de contagio, los aviones fumigaron las azoteas con toda clase de desinfectantes, arrojaron bombas llenas de vitaminas, confetis afrodisíacos, globitos hinchados de optimismo, hasta que un examen prolijo demostró la inutilidad de toda profilaxis, pues al batir el récord mundial de defunciones, la población se había reducido a seis o siete moribundos recalcitrantes. Fue entonces —y sólo después de haber alcanzado esta evidencia— cuando se ordenó la destrucción de la ciudad y cuando un aguacero de granadas, al abrasarla en una sola llama, la redujo a escombros y a cenizas, para lograr que no cundiera el miasma de la certidumbre de la muerte. |||| On February 31st, at a quarter past nine in the evening, all the inhabitants of the city were convinced that death is unavoidable. Focused by the attention of each one, this evidence, which usually leads a spider's life in the folds of our convolutions, spread its web in all consciences, spilled into the brains until it impregnated them like a sponge. From that moment on, the remotest similarities suggested, with such violence, the idea of death, that it was enough to find oneself before a sardine can - for example - to remember the lining of the coffins, or to look at the stones of a sidewalk, to discover its kinship with the gravestones of the graves. In the midst of great consternation, it was found that the plaster of the facades had an identical colour and composition to that of the bones, and that just as it was impossible to immerse oneself in a bathtub without trying the attitude that would be adopted in the coffin, no one stopped burying themselves between the sheets, without studying the modelling that the folds of their shroud would acquire. The heart, above all, with its isochronous and endearing rhythm, evoked the most funereal ideas, as if the organ that symbolizes and nourishes life only had the strength to irrigate suggestions of death. On feeling its ticking on the pillow, whoever did not mourn the life that was leaving him at every instant, heard its march as if it were the echo of his steps going to the grave, or worse still, as if he heard the beat of a knocker calling out to death from the bottom of his own bowels. The urgency to free oneself from this obsession with the mortuary, made each one take refuge - according to his idiosyncrasy - either in mysticism or in lust. The churches, the brothels, the inns, the sacristies were filled with people. People prayed and fornicated in streetcars, on public promenades, in the middle of the street... Drunk with prayers or liquor, the crowd abused its life, wanted to squeeze it like a lemon, but a gust of fatigue extinguished, forever, that sparkling flame of piety and vice. The excesses of licentiousness and devotion had lasted long enough, however, that the bodies were emaciated, so that the skeletons became more and more important. Without the need to bring their hands close to the electric lights, anyone could be instructed in the most intimate details of their configuration, for not only did they enjoy an X-ray gaze, but the flesh itself became more and more translucent, as if the bones, tired of lying in the dark, demanded to be brought out into the sun. The more elegant women, moreover, introduced the fashion of dragging huge crepe-like tails and not content with riding in first-class hearses, they dressed up like the dead to receive their visitors on their own mound, surrounded by hundreds of candles and evergreen crowns. Pilgrimages, kermesse and popular festivities were organized in vain. As the atmosphere of the city was sucked in, the musicians, hired in the neighbouring towns, played the "charlestons" as if they were funeral marches, and the couples could not dance without their movements acquiring a sinister rigidity of macabre dance. Even the speakers who were specialists in exalting the voluptuousness of life were perfectly ineffective, since not only did the most experienced clichés acquire, between their lips, a cadaverous frigidity, but the audience only abandoned their indifference to shout at them: "Death to that resuscitated verbiage! To the grave to that corpse bachelor!" Could this propensity towards the funerary, towards the skeletal, stop, sooner or later, a real epidemic of suicides? In that sense, at least, the population showed an admirable inventiveness and vitality. There were suicides of all species, for all tastes; collective suicides, serial, wholesale. Corporations of suicides and corporations of suicides were founded. Suicide preparatory schools were opened, faculties that granted the title of "perfect suicide". There were parties, banquets, masquerade balls for dying. The emulation made everyone think of finding an original, unprecedented suicide. A perfect family - a family better organized than an "Innovation" trunk - ordered that it be buried alive, in a drawer where the four generations that adorned it could be comfortably accommodated. Eight hundred suicides, disguised as Lazarus, plunged into the asphalt, from the twentieth floor of one of the most central buildings in the city. A "dandy", after transforming the body of his car into a coffin, entered the cemetery, at a speed of one hundred and seventy kilometers per hour, and when he arrived at the grave of his beloved, he shot himself four times in the head. The public discouragement was too intense, however, for this momentum of annihilation and extermination to persist. Soon no one was able to drink a small glass of strychnine, no one was able to gouge out his pupils with a gillette leaf. An unspeakable neglect hindered the precautions that certain processes of the organism demanded. Carelessness piled up rubbish everywhere, transformed every corner into a cockroach's paradise. Without caring about the dignity required by any corpse, people let themselves die in the most degrading positions. Armies of rats invaded houses with the breath of the grave. Silence and pestilence walked arm in arm, through the deserted streets, and before the inertia of their owners - already rotten - the parrots succumbed with an empty stomach, with their mouths full of curses and bad words. One morning, the thousands and thousands of crows that fluttered over the city, darkening it in the middle of the day, disbanded in the presence of a squadron of airplanes. It was a mission with sanitary purposes, whose relentless scientific rigor was evident from the first moment. Without getting too close, to avoid any danger of contagion, the planes sprayed the rooftops with all sorts of disinfectants, dropped bombs full of vitamins, aphrodisiac confetti, and balloons inflated with optimism, until a thorough examination proved the futility of any prophylaxis, for by breaking the world record for deaths, the population had been reduced to six or seven recalcitrant dying people. It was then - and only after this evidence had been reached - that the destruction of the city was ordered, and when a downpour of pomegranates, burning it in a single flame, reduced it to rubble and ashes, so that the miasma of the certainty of death did not fall.
2.
El no el no inóvulo el no nonato el noo el no poslodocosmos de impuros ceros noes que noan noan noan y nooan y plurimono noan al morbo amorfo noo no démono no deo sin son sin sexo ni órbita el yerto inóseo noo en unisolo amódulo sin poros ya sin nódulo ni yo ni fosa ni hoyo el macro no ni polvo el no más nada todo el puro no sin no |||| The no the non-invasive the unborn child the noo the non-post-cosmos of impure zeros noan noan and nooan and plurimono noan to amorphous morbidity let's not give no deo without being sexless and orbiting the inosseous graft in a single module non-porous and nodule-free neither I nor pit or hole the macro not the dust the not-so-everything else not the cigar without no
3.
Polillas 04:54
Si hubiera sospechado lo que se oye después de muerto, no me suicido. |||| If I had suspected what you hear after you're dead, I wouldn't kill myself.

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Tres poemas del autor argentino Oliverio Girondo (Espantapájaros, Los Puros NO, N°11) son el centro de experimentación para recrear a través de la experimentación con voces y sonidos experiencias humanas muy particulares.

Ex nihilo nihil fit -Nada surge de la nada- es el álbum debut de Sol Rezza publicado en el inusual contexto de la pandemia de gripe A (H1N1) surgida en el año 2009 que tuvo como lugar de inicio Veracruz, el puerto marítimo más importante de México.

A partir de ver el tratamiento mediático de la situación sanitaria, nace este álbum que juega entre lo macrabro y lo poético.

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Three poems by Argentine author Oliverio Girondo (Espantapájaros 1932, Los Puros NO, N°11) are the centre of experimentation to recreate very particular human experiences through voice and sound experimentation.

Ex nihilo nihil fit -Nada surge de la nada- is Sol Rezza's debut album released in the unusual context of the 2009 influenza A (H1N1) pandemic that started in Veracruz, Mexico's most important seaport.

From seeing the media's treatment of the health situation, this album is born, playing between the macabre and the poetic

Sol Rezza
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30/5/2009
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released May 30, 2009

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Sol Rezza is considered one of the most seminal voices in the storytelling and experimental music scene in Latin America. Her performances and sound works create worlds with immersive sounds that explore spatiality and temporality in different ways. Under a sound that hides a deeply techno heart coupled with soundscape and minimalist sound designs. ... more

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